Vivo con dolor crónico debido a una osteoartrosis lumbar. Estos son apuntes de mi diario que podría convertir en libro un día.
sábado, 2 de julio de 2016
Jueves 30 de junio de 2016: Admisión de fracaso
El dolor me atenaza desde que me despierto y absorbe mi mente como un punto fijo de luz del que no puedo apartar la atención. A las cuatro de la tarde me alivio y le escribo a mis amigas pero a las seis vuelve, lento como una larva que apenas despierta a la vida y ansía alimentarse de mi carne. El dolor se instala también en mi pecho, no físico, el dolor de tener que reconocer lo que ahora es obvio: el bloqueo lumbar no dio resultado. Tanto dolor desperdiciado, tanto dolor para nada. No puedo llorar, el peso que siento me aplasta el pecho es mayor que eso. Solo me resta dormir. Y esperar un nuevo día.
viernes, 1 de julio de 2016
El 8 de junio de 2016 y 6 el dr. Ayala
Fueron seis inyecciones en diferentes secciones de la columna lumbar (el término médico es "bloqueo facetario"), cuatro del lado derecho, dos del izquierdo. Lo sé porque al sacarme en vendaje le pedí a la amiga con quien me quedo en Montevideo que contará los pinchazos. Yo paré de contar luego del tercero y puse mi mano derecha entre mis dientes para no gritar de dolor. Gritar o quejarme en voz alta me avergonzaría, así de obsesiva soy.
Fue el 8 de junio. Tenía coordinada una consulta con el doctor Ayala en el Sanatorio Americano, una eminencia impaciente que me preguntó si me había quedado dormida en la camilla donde acababa de examinarme porque demoré en bajarme. Me propuso hacerme un bloqueo facetario lumbar ese mismo día y, si lograba aliviarme, entonces hablaríamos del tratamiento por radiofrecuencia que había recomendado el equipo de CEDEFCO (Centro de Deformidades de Columna que había consultado un mes antes). Acepté.
Dos horas después y en ayuno me presenté en el Sanatorio para que me hicieran el tratamiento. Un auxiliar de enfermería te lleva a la antesala del Block y esperas con los demás pacientes que aprovechan ese tiempo para compartir experiencias. Hasta ese momento no hubo diferencias con los anteriores que me había hecho en Melo. Sin embargo, el ingreso al Block de forma individual estableció notables cambios. La ropa descartable, por ejemplo, la colocación obligatoria de un circuito y la inyección de un antibiótico (al que descubrí soy alérgica) como profilaxis.
En el Block te acuestas boca abajo en una camilla y te quitan completamente el poncho de papel que te habían colocado, te desinfectan la zona en la que trabajarán y el procedimiento es el más doloroso que he experimentado. Aún cuando sabes que la aguja ya abandonó tu cuerpo, la sientes adentro y la sensación es muy desagradable. Más desagradable aún es cuando sientes que el doctor hace fuerza para que la aguja entre más y más a medida que se guía por las imágenes que le muestra el radiólogo también presente. La analogía que mejor lo explica es la inyección anestésica que aplica un dentista: aunque coloca una anestesia superficial y va inyectando más a medida que la aguja entra, el dolor es inevitable.
Por fin, si todo corre bien, puedes irte a tu casa en media hora. Lo curioso es que te acompañan al entrar pero no al salir, por lo que fue fácil perderme en aquel laberinto de corredores. Debían darle un mapa a los pacientes una vez que entran. Terminé bajando por el ascensor del personal causando un silencio incómodo y algunos comentarios. "Ya que me metieron aquí, lo mejor que pueden hacer es sacarme", les dije, con la diplomacia que me caracteriza.
Faltaba entonces la peor parte: la primera noche luego del bloqueo, que se caracteriza por dolor intenso en la zona afectada y sudoración nocturna. La impresión que tienes es de que tu columna va a partirse a la mitad. Como mi amiga también estaba dolorida por una caída en su trabajo, pasamos buena parte de la noche haciendo un dúo de quejas y revolcándonos de dolor en la cama.
sábado, 18 de junio de 2016
lunes, 13 de junio de 2016
No es como en los libros
No es como en los libros que cuentan historias de superación. No eres siempre valiente ni siempre positivo como si te hubieras tragado un faro metafórico y buscaras iluminar el mundo con tu sabiduría.
Cuando el dolor se instala en un empuje prolongado o llevas seis años, como yo, entre promesas de recuperación y recaídas, lo único que deseas es que acabe, que cese esa lucha continua con tu cuerpo.
Antes que esto me ocurriera, pensaba que el dolor permanente sólo se instalaba en personas con cáncer terminal en las que el alivio llegaría con la muerte. Desconocía que se puede vivir con dolor, o la existencia de algo que se denomina "dolor crónico", y que cada vez es mayor el índice de personas que lo padecen.
La buena noticia es que esta enfermedad no me matará. Ningún médico me lo ha dicho a mí pero sí a mis compañeras con patologías de columna. Viviré todos los años que aguante mi hígado y mis riñones la medicación pesada para el dolor y moriré de otra cosa: de cáncer, de un infarto, de un AVC, en un accidente automovilístico. Y se supone que eso debe brindarnos algún consuelo...
El dolor no me impide ser feliz pero no soy feliz todo el tiempo. Y, sin embargo, hay días en que soy feliz a pesar del dolor.
Tres kilos de amor
Voy al médico, pago cuentas y vuelvo retorciéndome de dolor. Tengo mi primer crisis de angustia en meses. Sé que hace poco tiempo del bloqueo lumbar, que lleva dos semanas notar una mejoría significativa. Pero mis amigos preguntan, alguien siempre pregunta si ya me alivié o si ya se notan los resultados y debo iniciar el ritual de dar explicaciones. ¿Qué esperaba? ¿Por qué me siento tan sensible y desolada? Esperaba menos dolor. Esperaba más.
Mi Pulguita (mi perrito de raza pinscher) se pone frenético cuando me escucha llorar. Quiere lamer mis lágrimas y, cuando no lo dejo, se restrega en mi rostro y las seca. Y me provoca tal ternura que tengo que detenerme.
Pensé que reaccionaba al sonido de mi respiración, a los sollozos. Pero hoy lo vi mirando mi rostro y cuidándome. Cuando las lágrimas se me caían, aunque guardaba silencio, allí estaba él enroscado en mi cuello.
Es una cosa diminuta de menos de tres kilos, ojos grandes y saltones, pelo color dulce de leche. Tres kilos de puro amor, sensibilidad y ternura. Quién sabe de qué mecanismo dotó la naturaleza a estos animales para que sean tan perceptivos respecto a sus tutores. Mi compañerito de cuatro patas no puede quitarme el dolor, pero me acompaña mientras lo transito.
Control
Aunque no puedan devolverme mi cuerpo quiero que me devuelvan mi cerebro. Quiero prescindir del medicamento para el dolor que me dificulta expresar mis pensamientos, me vuelve olvidadiza y bloquea mi actividad creativa. Si no puedo recuperar la salud de mi cuerpo por mi columna dañada, quiero al menos recuperar el control de mi mente.
jueves, 2 de junio de 2016
Sueño con zapatos
Aún miro los zapatos que no puedo usar en las vidrieras. Hace ya un tiempo que dejé de mirar las personas a los ojos para mirarle los zapatos.
En mis sueños uso de nuevo mi vieja moto y me quedo atascada en el barro de los caminos que llevan a la casa donde pasé mi infancia en Puerto de Amaro. En mis sueños no regueo ni tengo una patología de columna. Camino, corro y ando en la moto que amaba y tuve que vender porque ya no podía usarla. Sueño con la moto que simboliza el control que perdí de mi cuerpo y cuando se atasca en el barro representa la lucha que debo enfrentar ahora. Pero sobre todo sueño con zapatos. Zapatos rojos y verdes como Dorotea en El mago de Oz a la que sus zapatos podían llevar a cualquier parte.
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