Debidamente escoltados por una enfermera, nos suben a un viejo ascensor. Las mujeres nos miramos, somos pocas, apenas tres esta vez. Nos guían por el corredor de siempre a una piecita en el fondo llena de estantes que oficia de vestidor para que nos cambiemos. Yo, experiente reincidente, me siento en una silla y me voy desvistiendo. Hay que colocarse una bata anudada en la espalda, un short que se anuda al frente (en esto evolucionamos, antes era una especie de chiripá vergonzoso), una toca para recoger el cabello y unas botas de tela también de anudar. Este es el momento en que las primerizas y las más púdicas preguntan si pueden quedarse con la ropa interior. Y no, no pueden. La muchacha nos explica que no debemos llevar ninguna prenda que haya estado en contacto con el mundo exterior para no contaminar el bloc. Sobre estas prendas verde hoja nos visten otros protectores que nos quitan al entrar a la antesala del bloc. A esta altura y con el "uniforme" no hay dignidad que resista. La vergüenza quedó allá junto a nuestros calzones.
Sentadas una al lado de la otra, la enfermera del bloc nos avisa que, como siempre, el doctor está retrasado y debemos esperarlo. Para mi consternación, la enfermera me reconoce y me trata por mi nombre.
Es el momento de los intercambios de experiencias. Mis dos compañeras tienen el cabello teñido de rubio, hijos y aparentan más edad de la que seguro tienen. Una, la más delgada y que parece mayor, no soporta el asiento, una de esas sillas blancas de plástico nada adecuada para que la ocupen personas con patología de columna. Es la que se ve más dolorida y se pasea por la antesala en un intento de alivio. La otra, más gordita, permanece sentada, inmóvil y un poco encorvada. Tiene un tatuaje rústico de flores cerca del pulso derecho y un circuito en el izquierdo. Yo me hamaco en la silla intentando aliviar la molestia que me produce la postura prolongada.
Esperamos alrededor de una hora (sin reloj, la noción de tiempo es inexacta), hasta que el doctor al fin llega y nos van llevando una a una. El orden lo elegimos nosotras, primero la más dolorida. Diez o quince minutos después la traen en silla de ruedas y la dejan frente a mí mientras la compañera con el circuito es llevada al bloc. Pide quedarse un rato en la silla y petmanece encorvada y con tal expresión de dolor que me reconozco en ella. La muchacha que la ayudará a levantarse para llevarla al vestidor la espera observándola, impotente.
Mi turno llega y camino a la sala del fondo donde mi doctor espera todo cubierto con su uniforme azul de cirujano. Hay una camilla cubierta donde me acuesto boca abajo y un técnico que maneja el enorme aparato de rayos X que usarán para observar mi columna. El doctor saluda, intercambia unas palabras conmigo y comienza su trabajo. Descubren mi espalda, bajan el short hasta casi la mitad de mis nalgas, limpian la zona lumbar con un algodón empapado en iodofón y la cubren con lo que parece un trozo de tela con un agujero al centro.
Ahora viene la peor parte, la de la infiltración. La aguja entra en la carne y mi cuerpo se contrae involuntariamente con el dolor. Se detiene, el doctor comprueba que esté correctamente colocada a través de un monitor y la inserta un poco más adentro. Mi impresión es de que apoya todo el peso de su cuerpo en ese pinchazo, como si a la aguja le costará entrar en la carne. Una infiltración en el lado izquierdo y otra en el lado derecho.
"Está pronto", me dice el doctor. Entonces porqué siento a las agujas aún dentro de mi cuerpo? Permanezco inmóvil, paralizada en mi esfuerzo por asimilar el dolor. Me colocan un enorme curativo en la zona infiltrada. La enfermera del bloc me ayuda a levantarme y acerca la silla de ruedas. No quieren correr el riesgo de tener que recoger al paciente del piso entonces usarla no es opcional. El doctor se despide y me llevan sobre ruedas a la antesala. Mis compañeras de tortura no están va la vista. La muchacha que nos ayuda en el vestidor fue requerida en otro piso y no me dejan salir si ella no está. Calculo otros veinte minutos de espera. No llevo reloj para comprobarlo.
Salimos de la clínica alrededor de las diez horas de la noche, tres horas después de mi ingreso. Mi amigo despotrica contra la decadencia de los sistemas de salud en el país, la irresponsabilidad del médico que llegó una hora tarde y otros temas que ya no recuerdo. Seguro que nunca más querrá acompañarme. Yo no digo nada. Pienso en la noche afiebrada y con dolor que me espera.
http://www.clinicalascondes.com/articulos_estaticos/Bloqueo_facetario.htm
Vivo con dolor crónico debido a una osteoartrosis lumbar. Estos son apuntes de mi diario que podría convertir en libro un día.
domingo, 8 de febrero de 2015
La antesala al infierno
Cuando lo recuerdo, tres meses después, lo primero que veo es a una mujer sentada en una silla de ruedas con la espalda encorvada por el dolor, el cabello recogido en una toca, delantal de paño verde pasto de la sala de cirugía. No soy yo, sin embargo, sino una de las mujeres que pasará por el procedimiento ese día junto a mí. Es la que se sentía más dolorida, por eso fue la primera en pasar. Yo me siento bien ese día comparado a otros en que tuvieron que medicarme a través de un circuito y conectarme a un monitor cardíaco porque me descompensaba.
Estuvimos media hora charlando sentadas en la antesala del bloc quirúrgico, vestidas con nuestros uniformes de tortura y haciendo catarsis. Nadie puede entender a un enfermo de columna como otro en su misma situación. Compartimos temas en común que nos angustian, como la incapacidad laboral (esa castración social llena de culpa), el peso en que nos convertimos para nuestras familias cuando necesitamos hasta que nos ayuden a calzar nuestros zapatos, la especificidad del dolor lumbar que nadie que no lo haya vivido puede comprender en su totalidad.
Después de ocho bloqueos (el nombre que consta en la orden es bloqueo facetario*) he aprendido algo sobre estos procedimientos y de cómo hacer más llevadero el proceso. Hubo un tiempo en que el horario marcado era temprano en la tarde y me daba tiempo de tomar el ómnibus de las seis e irme a dormir a casa. Pero luego el doctor comenzó a hacer cirugías los sábados y cambió él día y el horario en que hacía los bloqueos.
Salgo de la consulta a comprar comida, nada muy pesado, un sándwich olímpico y un jugo, porque después de esto debo mantenerme en ayuno por seis horas. Como no puedo ir a casa a descansar, me voy a un hotel y pido un cuarto con baño privado. Me medico y duermo. Salgo a las seis de la tarde, una hora antes de la marcada en la orden, y camino tranquila mirando vidrieras. Quiero visitar a un amigo de muchos años que vive a dos cuadras de Camcel, charlamos y él insiste en acompañarme. La intención es buena pero seguro que se arrepentirá después.
Llego a la clínica sobre la hora pero no pasa nada porque somos pocos esta vez. Hago mi trámite de ingreso en Administración y me dan una planilla con mis datos que debo presentar a la entrada del bloc. En esa hoja el doctor hará el registro del procedimiento para que sea anexado a mi historia clínica. Si hubiera ido sola también tendría que haber dejado allí mis objetos personales. Esperamos unos quince minutos hasta que una enfermera baja del bloc a buscar a los pacientes.
*http://www.clinicalascondes.com/articulos_estaticos/Bloqueo_facetario.htm
Estuvimos media hora charlando sentadas en la antesala del bloc quirúrgico, vestidas con nuestros uniformes de tortura y haciendo catarsis. Nadie puede entender a un enfermo de columna como otro en su misma situación. Compartimos temas en común que nos angustian, como la incapacidad laboral (esa castración social llena de culpa), el peso en que nos convertimos para nuestras familias cuando necesitamos hasta que nos ayuden a calzar nuestros zapatos, la especificidad del dolor lumbar que nadie que no lo haya vivido puede comprender en su totalidad.
Después de ocho bloqueos (el nombre que consta en la orden es bloqueo facetario*) he aprendido algo sobre estos procedimientos y de cómo hacer más llevadero el proceso. Hubo un tiempo en que el horario marcado era temprano en la tarde y me daba tiempo de tomar el ómnibus de las seis e irme a dormir a casa. Pero luego el doctor comenzó a hacer cirugías los sábados y cambió él día y el horario en que hacía los bloqueos.
Salgo de la consulta a comprar comida, nada muy pesado, un sándwich olímpico y un jugo, porque después de esto debo mantenerme en ayuno por seis horas. Como no puedo ir a casa a descansar, me voy a un hotel y pido un cuarto con baño privado. Me medico y duermo. Salgo a las seis de la tarde, una hora antes de la marcada en la orden, y camino tranquila mirando vidrieras. Quiero visitar a un amigo de muchos años que vive a dos cuadras de Camcel, charlamos y él insiste en acompañarme. La intención es buena pero seguro que se arrepentirá después.
Llego a la clínica sobre la hora pero no pasa nada porque somos pocos esta vez. Hago mi trámite de ingreso en Administración y me dan una planilla con mis datos que debo presentar a la entrada del bloc. En esa hoja el doctor hará el registro del procedimiento para que sea anexado a mi historia clínica. Si hubiera ido sola también tendría que haber dejado allí mis objetos personales. Esperamos unos quince minutos hasta que una enfermera baja del bloc a buscar a los pacientes.
*http://www.clinicalascondes.com/articulos_estaticos/Bloqueo_facetario.htm
jueves, 5 de febrero de 2015
La consulta
Lo primero que ves es el largo corredor, angosto y lleno de gente. A un lado las personas permanecen de pie y en el otro, permanecen sentadas en una hilera interminable de sillas. Llevan muletas, yeso en alguna de sus extremidades, estudios radiológicos, sillas de ruedas. En el primer tramo del corredor atiende un traumatólogo, en el segundo el especialista de columna que he venido a ver. Por milagro, encuentro una silla libre y me siento. Nadie me habla pero me miran, como si evaluaran las razones que me han llevado hasta allí. Son las 11.20 de una consulta que debió haber comenzado veinte minutos atrás. Comienza el conteo regresivo en boca de los pacientes. Soy veterana y observo la ansiedad de los demás. Ya lo he visto llegar dos horas tarde.
Mientras tanto, la espera se hace sentir en los huesos. La silla es incómoda, el aire irrespirable por la gente aglomerada, el olor dulzón de unas galletas rellenas que come una compañera de banco, nauseabundo por el encierre.
El doctor llega 12.20 y espero que resuelva sus consultas como siempre, rápido y sin muchos miramientos. Pero al entrar, la ansiosa por resolver todo rápido soy yo, influida por la mujer dolorida que está con un circuito en el brazo esperando su turno.
Me atiende sin prisa esta vez y hasta lo veo tomar mi historia y anotar la consulta, algo que tampoco había visto con frecuencia. Le expliqué mi problema y acordamos un nuevo bloqueo lumbar. Luego recordaría otras palabras suyas que quedaron guardadas, por su disonancia, en mi mente. Logré lo que había ido a buscar y me retiré. "Vamos a hacerte un bloqueo así pasas mejor el verano", me dijo. Esa última frase fue profética, como podría comprobar con el tiempo.
Mientras tanto, la espera se hace sentir en los huesos. La silla es incómoda, el aire irrespirable por la gente aglomerada, el olor dulzón de unas galletas rellenas que come una compañera de banco, nauseabundo por el encierre.
El doctor llega 12.20 y espero que resuelva sus consultas como siempre, rápido y sin muchos miramientos. Pero al entrar, la ansiosa por resolver todo rápido soy yo, influida por la mujer dolorida que está con un circuito en el brazo esperando su turno.
Me atiende sin prisa esta vez y hasta lo veo tomar mi historia y anotar la consulta, algo que tampoco había visto con frecuencia. Le expliqué mi problema y acordamos un nuevo bloqueo lumbar. Luego recordaría otras palabras suyas que quedaron guardadas, por su disonancia, en mi mente. Logré lo que había ido a buscar y me retiré. "Vamos a hacerte un bloqueo así pasas mejor el verano", me dijo. Esa última frase fue profética, como podría comprobar con el tiempo.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Allá voy... otra vez
No pensé que volvería a pasar por esto, que mi circuito de bloqueos lumbares había terminado. Y aquí estoy otra vez preparándome para ver al especialista de columna y someterme al que será... ¿el noveno?, bloqueo porque ya perdí la cuenta.
Me siento rehén de la necesidad de alivio de mi cuerpo.
Me siento rehén de la necesidad de alivio de mi cuerpo.
domingo, 2 de noviembre de 2014
En la madrugada
En la madrugada y con dolor el mundo se ve agrio y correoso. El cansancio se instala adentro junto con la acción de los medicamentos. No restan pensamientos Buenos que quieras llevarte contigo ni expectativas de un nuevo día.
El peor dolor en el mundo es el que te encuentra sólo en la madrugada.
El peor dolor en el mundo es el que te encuentra sólo en la madrugada.
domingo, 26 de octubre de 2014
Dolor en la madrugada
Una vez cada tanto, el dolor llega en la madrugada.
Hoy no me deja dormir. Impide cualquier intento de buscar una posición más cómoda en la cama, y cuando permanezco un minuto inmóvil esperando que se manifieste el sueño, comienza.
Pero no siempre es con dolor. A veces, como hoy, empieza con un cosquilleo que inicia en la zona del coxis y va extendiéndose a las piernas hasta convertirse en algo parecido a una corriente eléctrica que recorre las extremidades inferiores. Cuando esto ocurre, el primer reflejo es cambiar de posición. Agotado, sentarse y flexionar las piernas contra el cuerpo. Agotado este recurso, caminar, lo que alivia muchísimo y te proporciona la ilusión temporal de alivio. Y recién entonce,s cuando caminas, comienza a asomar el dolor que encubría la anterior molestia.
Como ven, es un proceso largo que yo he acortado con la experiencia. Camino solamente a buscar agua para medicarme cuando no hay otra alternativa. Lo normal es estar medicada para dormir con un analgésico, un relajante muscular y un inductor del sueño (que yo he estado sustituyendo por melatonina, mucho más natural). Pero si esto no garantiza una buena noche de sueño, hay que tomar otras medidas.
El último recurso antes de vestirme para ir a Emergencia, es el tramadol clorhidrato líquido, un opioide conocido como analgésico al que recurro en último caso debido a los desagradables efectos secundarios (como náuseas, sequedad en la boca, estreñimiento, sudoración, pérdida del apetito, entre otros no mencionados como efectos secundarios por doctores o en el prospecto que acompaña el medicamento). Algunos son acumulativos, o sea, que se manifiestan con el uso frecuente, otros dependen del paciente. A mí, por ejemplo, me causa sueños espantosos por lo vívidos. Y, como efecto acumulativo he notado que me vuelvo más sensible a los olores del ambiente y los perfumes me causan náuseas impresionantes y las contracciones involuntarias cuando estoy en reposo.
Amigos y compañeros de trabajo me han hecho una pregunta a lo largo de los años que siempre respondo del mismo modo. Como el tramadol es un derivado de la morfina, quieren saber si no me he vuelto adicta. La respuesta es un rotundo no. Siempre que puedo, prescindo de él o lo sustituyo por otro analgésico más leve sin ningún problema. Pero la respuesta que más me gusta es la que me dio mi doctor de cabecera hace pocas semanas: "si estás con dolor, no crea adicción". Me quedó clarísimo, doctor, gracias.
Hoy no me deja dormir. Impide cualquier intento de buscar una posición más cómoda en la cama, y cuando permanezco un minuto inmóvil esperando que se manifieste el sueño, comienza.
Pero no siempre es con dolor. A veces, como hoy, empieza con un cosquilleo que inicia en la zona del coxis y va extendiéndose a las piernas hasta convertirse en algo parecido a una corriente eléctrica que recorre las extremidades inferiores. Cuando esto ocurre, el primer reflejo es cambiar de posición. Agotado, sentarse y flexionar las piernas contra el cuerpo. Agotado este recurso, caminar, lo que alivia muchísimo y te proporciona la ilusión temporal de alivio. Y recién entonce,s cuando caminas, comienza a asomar el dolor que encubría la anterior molestia.
Como ven, es un proceso largo que yo he acortado con la experiencia. Camino solamente a buscar agua para medicarme cuando no hay otra alternativa. Lo normal es estar medicada para dormir con un analgésico, un relajante muscular y un inductor del sueño (que yo he estado sustituyendo por melatonina, mucho más natural). Pero si esto no garantiza una buena noche de sueño, hay que tomar otras medidas.
El último recurso antes de vestirme para ir a Emergencia, es el tramadol clorhidrato líquido, un opioide conocido como analgésico al que recurro en último caso debido a los desagradables efectos secundarios (como náuseas, sequedad en la boca, estreñimiento, sudoración, pérdida del apetito, entre otros no mencionados como efectos secundarios por doctores o en el prospecto que acompaña el medicamento). Algunos son acumulativos, o sea, que se manifiestan con el uso frecuente, otros dependen del paciente. A mí, por ejemplo, me causa sueños espantosos por lo vívidos. Y, como efecto acumulativo he notado que me vuelvo más sensible a los olores del ambiente y los perfumes me causan náuseas impresionantes y las contracciones involuntarias cuando estoy en reposo.
Amigos y compañeros de trabajo me han hecho una pregunta a lo largo de los años que siempre respondo del mismo modo. Como el tramadol es un derivado de la morfina, quieren saber si no me he vuelto adicta. La respuesta es un rotundo no. Siempre que puedo, prescindo de él o lo sustituyo por otro analgésico más leve sin ningún problema. Pero la respuesta que más me gusta es la que me dio mi doctor de cabecera hace pocas semanas: "si estás con dolor, no crea adicción". Me quedó clarísimo, doctor, gracias.
jueves, 23 de octubre de 2014
El infierno de cada mañana
Para mí, el infierno de cada mañana es el momento de levantarme para ir a trabajar. Contrario a muchos, mi día más es aquel en que me despierto sin dolor, logró darme vuelta en la cama sin sentir mi tronco rígido y poder caminar hasta el baño sin que parezca que me apuñalan en la zona de las caderas. Aún si el dolor comienza a manifestarse cuando estoy en clase, ya estoy en un salón rodeada de personitas ruidosas y llenas de vida. Y poder acompañarlas es un privilegio, aun con dolor.
Hoy no fue uno de esos días...
Hoy no fue uno de esos días...
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