El cielo plomizo comienza a tragarse todo rayo de luz que va restando del día. Las hojas de los árboles permanecen en una antinatural inmovilidad. El aire parece espesarse y mi cuerpo se enlentece junto con la naturaleza. Dicen que es por la tormenta, que son malas para lo huesos. Pero yo no puedo afirmarlo. Porque no me sucede todas las veces. Algunas personas sugieren que se debe a la presión atmosférica pero para comprobarlo tengo que conseguir un barómetro. ¿Dónde? Ni idea...
Luego de tres días llueve y mi columna alivia su abrazo de tenaza de fuego momentáneamente. Son días de poca actividad en mi trabajo y las horas del día se van cerrando en torno a mi cuerpo. Las comidas diarias giran en torno a la medicación que tengo que tomar y el sueño está supeditado en forma total y absoluta al dolor. Todo mi mundo se centra en mi cama, y de ella al baño y a la cocina. Retorno a la cama. Baño, cocina, cama.
Vuelvo a ser rehén de mi cuerpo y a desear un escape. Mis pensamientos se van oscureciendo como el cielo tormentoso. Y el deseo se centra en un único pedido: alivio.
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