La abu casi pide permiso para llorar por su viejo pero sabe que puede hacerlo conmigo porque la voy a entender. Cuenta los años que han pasado pensando en los que le quedan. La abu es la viejita más
porfiada de los que me ha tocado cuidar. Miente a los doctores y nos miente sobre los remedios que toma. Se queja de que son muchos y yo les muestro los míos, entonces calla. Le recuerdo que tengo cuarenta años menos y tomo unos cuantos medicamentos más que ella para que no haga maña. Camina encorvadita pero no lo quiere reconocer. Se niega a salir de casa más que para ir al almacén. Le encanta recibir noticias de la gente de su época que va quedando. Pone pico si algo no le gusta o si la retamos por su porfiadera crónica. Cuando está quisquillosa y yo también, nos peleamos por cualquier bobada. No voy a la iglesia pero voy a verla al menos una vez por semana. Ella no sabe que yo sé que es la última abuela que me queda, que es la memoria de mi niñez que se fue con el abuelo y con mi padre. Ella no sabe que es la única a la que le cuento cuánto los extraño. Si se lo contara, no me creería. Ella es así: dispuesta a pensar siempre lo peor, una pesimista sin remedio. Tampoco sabe que igual así la queremos. Tus nietos, abu, siempre estamos a tu alrededor, agradecemos tenerte aún con nosotros.
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