jueves, 5 de febrero de 2015

La consulta

      Lo primero que ves es el largo corredor,  angosto y lleno de gente. A un lado las personas permanecen de pie y en el otro, permanecen sentadas en una hilera interminable de sillas.  Llevan muletas,  yeso en alguna de sus extremidades,  estudios radiológicos,  sillas de ruedas. En el primer tramo del corredor atiende un traumatólogo,  en el segundo el especialista de columna que he venido a ver.  Por milagro,  encuentro una silla libre y me siento. Nadie me habla pero me miran,  como si evaluaran las razones que me han llevado hasta allí. Son las 11.20 de una consulta que debió haber comenzado veinte minutos atrás.  Comienza el conteo regresivo en boca de los pacientes. Soy veterana y observo la ansiedad de los demás.  Ya lo he visto llegar dos horas tarde.
      Mientras tanto, la espera se hace sentir en los huesos. La silla es incómoda,  el aire irrespirable por la gente aglomerada, el olor dulzón de unas galletas rellenas que come una compañera de banco,  nauseabundo por el encierre.
      El doctor llega 12.20 y espero que resuelva sus consultas como siempre,  rápido y sin muchos miramientos.  Pero al entrar, la ansiosa por resolver todo rápido soy yo, influida por la mujer dolorida que está con un circuito en el brazo esperando su turno.
      Me atiende sin prisa esta vez y hasta lo veo tomar mi historia y anotar la consulta, algo que tampoco había visto con frecuencia.  Le expliqué mi problema y acordamos un nuevo bloqueo lumbar.  Luego recordaría otras palabras suyas que quedaron guardadas,  por su disonancia, en mi mente.  Logré lo que había ido a buscar y me retiré.  "Vamos a hacerte un bloqueo así pasas mejor el verano", me dijo.  Esa última frase fue profética, como podría comprobar con el tiempo. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Allá voy... otra vez

    No pensé que volvería a pasar por esto, que mi circuito de bloqueos lumbares había terminado.  Y aquí estoy otra vez preparándome para ver al especialista de columna y someterme al que será... ¿el noveno?, bloqueo porque ya perdí la cuenta. 
    Me siento rehén de la necesidad de alivio de mi cuerpo. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

En la madrugada

    En la madrugada y con dolor el mundo se ve agrio y correoso. El cansancio se instala adentro junto con la acción de los medicamentos.  No restan pensamientos Buenos que quieras llevarte contigo ni expectativas de un nuevo día. 
    El peor dolor en el mundo es el que te encuentra sólo en la madrugada. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Dolor en la madrugada

    Una vez cada tanto, el dolor llega en la madrugada.
    Hoy no me deja dormir. Impide cualquier intento de buscar una posición más cómoda en la cama,  y cuando permanezco un minuto inmóvil esperando que se manifieste el sueño,  comienza.
    Pero no siempre es con dolor.  A veces, como hoy,  empieza con un cosquilleo que inicia en la zona del coxis y va extendiéndose a las piernas hasta convertirse en algo parecido a una corriente eléctrica que recorre las extremidades inferiores.  Cuando esto ocurre,  el primer reflejo es cambiar de posición.  Agotado,  sentarse y flexionar las piernas contra el cuerpo.  Agotado este recurso, caminar,  lo que alivia muchísimo y te proporciona la ilusión temporal de alivio.  Y  recién entonce,s cuando caminas, comienza a asomar el dolor que encubría la anterior molestia.
    Como ven, es un proceso largo que yo he acortado con la experiencia. Camino solamente a buscar agua para medicarme cuando no hay otra alternativa. Lo normal es estar medicada para dormir con un analgésico, un relajante muscular y un inductor del sueño (que yo he estado sustituyendo por melatonina,  mucho más natural).  Pero si esto no garantiza una buena noche de sueño,  hay que tomar otras medidas.
    El último recurso antes de vestirme para ir a Emergencia,  es el tramadol  clorhidrato líquido, un opioide conocido como analgésico al que recurro en último caso debido a los desagradables efectos secundarios (como náuseas,  sequedad en la boca, estreñimiento,  sudoración, pérdida  del apetito, entre otros no mencionados como efectos secundarios por doctores o en el prospecto que acompaña el medicamento). Algunos son acumulativos,  o sea, que se manifiestan con el uso frecuente, otros dependen del paciente.  A mí,  por ejemplo,  me causa sueños espantosos por lo vívidos. Y, como efecto acumulativo he notado que me vuelvo más sensible a los olores del ambiente y los perfumes me causan náuseas impresionantes y las contracciones involuntarias cuando estoy en reposo.
    Amigos y compañeros de trabajo me han hecho una pregunta a lo largo de los años que siempre respondo del mismo modo. Como el tramadol es un derivado de la morfina,  quieren saber si no me he vuelto adicta. La respuesta es un rotundo no. Siempre que puedo, prescindo de él o lo sustituyo por otro analgésico más leve sin ningún problema. Pero la respuesta que más me gusta es la que me dio mi doctor de cabecera hace pocas semanas: "si estás con dolor,  no crea adicción". Me quedó clarísimo,  doctor,  gracias.

jueves, 23 de octubre de 2014

El infierno de cada mañana

   Para mí,  el infierno de cada mañana es el momento de levantarme para ir a trabajar. Contrario a muchos, mi día más es aquel en que me despierto sin dolor, logró darme vuelta en la cama sin sentir mi tronco rígido y poder caminar hasta el baño sin que parezca que me apuñalan en la zona de las caderas. Aún si el dolor comienza a manifestarse cuando estoy en clase, ya estoy en un salón rodeada de personitas ruidosas y llenas de vida. Y poder acompañarlas es un privilegio, aun con dolor.
    Hoy no fue uno de esos días...

miércoles, 22 de octubre de 2014

El cinturón de ladrillo

   Es el nombre con el que bauticé esta sensación nueva que se está volviendo frecuente: una sensación de pesadez en torno a la cintura,  como si cargará con un gran peso extra, de ahí la imagen de un cinturón de ladrillo.  Los días en que me siento así son pasados en cama.  Se me hace difícil caminar, sentarme, vestirme y calzarme.  Las veces en que lo he intentado, termino cansada, respirando con dificultad y con dolor creciente. Cuando me acuesto,  el cambio es inmediato: la presión que sentía sobre las lumbares desaparece y el alivio sustituye el dolor.

martes, 21 de octubre de 2014

Día sí, día no

    Un día caluroso y soleado de primavera,  las personas caminan por la calle con sus prendas más escotadas creyéndose en verano. Yo no me levanto de la cama en todo el día.  El dolor me ha hecho su prisionera. Aviso a mi trabajo que no concurriré.
    Día siguiente: llueve torrencialmente,  tormenta eléctrica,  viento. Alerta naranja,  las personas no salen de sus casas si no es necesario.  Yo, con poco dolor, me levanto,  llamo taxi y voy a trabajar.
    El liceo está vacío y silencioso.  Mis alumnos no concurrieron.  Pero yo me siento feliz por haber podido levantarme.  Los pocos compañeros que aún están  en el local me miran extrañados y sé qué piensan. Solo uno se atreve a hacerme las preguntas que los demás callan. ¿Qué haces aquí con este día? Le explico lo obvio, fui a trabajar.  ¿Pero... y la humedad? ¿No te hace mal la humedad? Nueva explicación.  Las personas asocian humedad con lluvia. Húmedo fue el día anterior en que había mucha tormenta.
    En fin... trabajé ese día y los restantes de la semana,  sin mayores problemas,  pero este no es un diálogo nuevo.  Dos por tres debo explicar a las personas que conviven conmigo que mi cuerpo funciona de otro modo ahora y que yo estoy supeditada a él.  Callan como si comprendieran pero volverán a preguntar. No es fácil,  hasta yo me rebelo de vez en cuando: quiero ir a trabajar y mi cuerpo no quiere,  quiero quedarme en cama a dormir un poco más y mi cuerpo no me deja...
    No logramos entender lo que no podemos experimentar.  Suerte la de ustedes...