martes, 21 de octubre de 2014

Día sí, día no

    Un día caluroso y soleado de primavera,  las personas caminan por la calle con sus prendas más escotadas creyéndose en verano. Yo no me levanto de la cama en todo el día.  El dolor me ha hecho su prisionera. Aviso a mi trabajo que no concurriré.
    Día siguiente: llueve torrencialmente,  tormenta eléctrica,  viento. Alerta naranja,  las personas no salen de sus casas si no es necesario.  Yo, con poco dolor, me levanto,  llamo taxi y voy a trabajar.
    El liceo está vacío y silencioso.  Mis alumnos no concurrieron.  Pero yo me siento feliz por haber podido levantarme.  Los pocos compañeros que aún están  en el local me miran extrañados y sé qué piensan. Solo uno se atreve a hacerme las preguntas que los demás callan. ¿Qué haces aquí con este día? Le explico lo obvio, fui a trabajar.  ¿Pero... y la humedad? ¿No te hace mal la humedad? Nueva explicación.  Las personas asocian humedad con lluvia. Húmedo fue el día anterior en que había mucha tormenta.
    En fin... trabajé ese día y los restantes de la semana,  sin mayores problemas,  pero este no es un diálogo nuevo.  Dos por tres debo explicar a las personas que conviven conmigo que mi cuerpo funciona de otro modo ahora y que yo estoy supeditada a él.  Callan como si comprendieran pero volverán a preguntar. No es fácil,  hasta yo me rebelo de vez en cuando: quiero ir a trabajar y mi cuerpo no quiere,  quiero quedarme en cama a dormir un poco más y mi cuerpo no me deja...
    No logramos entender lo que no podemos experimentar.  Suerte la de ustedes...

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