sábado, 18 de octubre de 2014

Fue ayer

    Se acercó a saludarme como si me hubiera visto el día anterior.  Me reconoció como paciente y preguntó por mi salud.  El desconcierto me invadió junto a una secreta molestia que provenía de un viejo resentimiento por este doctor. Hace casi cinco años,  cuando aun estaba buscando un profesional que diagnosticara mi artrosis,  este hombre me envió a Melo con un pase que recomendaba un análisis psicológico de mi caso por sospecha de depresión.  Aun me recuerdo sentada en una silla de ruedas esperando el vehículo que haría el traslado,  muerta de dolor, y la angustia que sentía porque el doctor que me había tratado hasta entonces me creía una loca fantasiosa. Ahora esa misma persona estaba frente a mí,  como si nada hubiera pasado mientras yo recordaba las veces que me había imaginado resfregándole los estudios que mostraban mi patología de columna y diciéndole que se había equivocado conmigo. ¡Usted se equivocó,  doctor, se e-qui-vo-có! 
    Pero cinco años después,  contesto las preguntas con calma mientras me pregunto quién le ha hablado de mí (su novia, mi doctor de referencia,  una amiga que es su paciente) porque no me hago ilusiones de que me recuerde después de tanto tiempo. Me recrimino la vacilación en mi voz cuando me pregunta qué especialista me está tratando (ninguno en este momento) y me dice: "¿tiraste la toalla?" Con una carga de ironía que tal vez no esté ahí pero que yo imagino bien presente. 
    La charla concluye con una invitación a que participe en un grupo de meditación que está formando porque puede que me haga bien. Es probable, doctor, es probable.  Pero no con usted. La confianza sólo puede perderse una vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario